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Textos de Fernando Bruno

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Ciencia ficción existencialista, una vez más

La industria cinematográfica parece estar prestándole atención desde hace algunos años a un tipo de películas de ciencia ficción de corte dramático y reflexivo, en la línea de clásicos como 2001Blade Runner. A través de premios, subsidios y campañas de prensa, los grandes estudios e inversores impulsaron films como Niños del hombre (Alfonso Cuarón, 2006), Sunshine: alerta solar (Danny Boyle, 2007), Moon (Duncan Jones, 2009) y Nunca me abandones (Mark Romanek, 2010). Menciono estos cuatro casos porque son películas que, más allá de varios altibajos, me parecieron muy interesantes, sobre todo si se las compara con el resto de la producción a la que se puede acceder en los circuitos comerciales. Todas parten de la saludable premisa (difícil de encontrar en el cine de este siglo) de considerar que el espectador no es un imbécil y desarrollan sus argumentos consistentemente.

Nunca me abandones, la más reciente de ellas, está basada en una novela del escritor inglés de origen japonés Kazuo Ishiguro. Menciono la referencia gentilicia porque esta es una historia que no podría haber sido narrada de esta forma por un autor de procedencia occidental. Hay algo en su esencia, una sensibilidad estilística y una forma de ver del mundo, que la vincula directamente con obras tan disímiles, y sin embargo tan similares en su espíritu para nosotros, de la literatura japonesa como Tokio Blues (Haruki Murakami, 1987, que también tendrá su versión cinematográfica este año), El maestro de Go (Yasunari Kawabata, 1951) e incluso El libro de la almohada (Sei Shōnagon, siglo X), por citar tan sólo algunos ejemplos.

La historia comienza en 1978 en un internado para chicos que se encuentra aislado del mundo exterior y que se maneja con reglas extremadamente estrictas. Allí, dos chicas y un chico, entrando en la adolescencia, desarrollan un vínculo en el que se mezclan la amistad y el amor: la solitaria Kathy está enamorada de Tommy, que es bastante torpe y sufre las burlas de todo el resto de la escuela. Ruth, más decidida, también se interesa por Tommy, con quien termina poniéndose de novia. Los tres comparten la vida cotidiana durante muchos años en esta institución extraña, sin ninguna referencia a sus familias o a su procedencia.

El modo en que irrumpe la ciencia ficción en el relato y descubrimos que, en realidad estamos situados en una Inglaterra alternativa, cuya historia fue radicalmente modificada por una revolución científica ocurrida 26 años antes, es bastante traumático y desolador. Esta parte de la historia, que constituye el verdadero carácter de los personajes, es absolutamente central e inesperada y, por lo tanto, es preferible no explayarse aquí en detalles (si quiere conocer los pormenores del argumento, lea esta sinopsis) y descubrirlos directamente viendo la película. Sí hay que decir que estamos muy, pero muy lejos de las comedias románticas a las que Hollywood nos tiene acostumbrados.

El encuadre de los planos y la fotografía me pareció muy acorde con la historia. Romanek, cuyas películas anteriores no vi, es un director de videoclips bastante faroleros; en su currículum figuran trabajos de gran exposición en los noventa para Lenny Kravitz, Madonna, Janet Jackson y todo el mainstream musical. Recuerdo particularmente algunos como Beside You de Iggy Pop o Criminal de Fiona Apple. Aquí muestra la pericia estética adquirida en esos años, pero lo hace en un clima completamente bucólico y desamparado, opuesto a las beldades y lujos que gusta mostrar la industria discográfica.

Globalmente la película, al igual que las que mencioné antes, es muy recomendable (excepto para un domingo a la noche, ya que la angustia existencial podría alcanzar picos insospechados). Hay algo que se produce en estas historias que narran el cruce de la técnica más avanzada con la fragilidad humana que resulta enormemente conmovedor y que vale la pena experimentar.